Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

lunes, 3 de diciembre de 2012

Sobre el miedo


Café filosófico Juan de la Cierva 1.2
23 de noviembre de 2012, Sala de Biblioteca, 17:30 horas.

 ¿Por qué tenemos miedo?

Café filosófico 1.2 Biblioteca IES Juan de la Cierva
¿Alguna vez has sentido miedo? Seguro que sí. Y no debes tener reparos en admitirlo. No es cosa de críos. Es algo humano que también hay que aprender a sentir. Así que no era nada extraño que, en una reunión como la nuestra que trata de lo más humano, que es también divino, apareciera la cuestión del miedo al miedo. Es una reunión filosófica, no lo olvides, que reflexiona, en este caso, sobre el miedo en sí. Se viene a aprender sin temor del miedo para vivir lo mejor posible. Ya verás cómo es eso. Sólo necesitas seguir el relato. No te queda otra, si no pudiste asistir al segundo café filosófico del instituto Juan de la Cierva.

Esta vez sí, esta vez sí que sí. Doce participantes que se congregaron en la biblioteca del Centro y buscaron juntos algo bueno y verdadero. Eran mayoría de mujeres y minoría de adultos (una profesora y el padre de una de las participantes jóvenes de primero de bachillerato). Además había un alumno de segundo de bachillerato que ya asistió a la reunión anterior. Y nos regalaron los más frescos y crujientes momentos de felicidad que habían vivido. Esto les pidió el conductor del café filosófico, que ofrecieron con muchísima generosidad. Como se le oyó decir en una ocasión a José Luis Aranguren, maestro de muchas filósofas de nuestro país, la felicidad es como “un pajarillo que se ha posado en nuestro hombro, que no sabíamos cuándo lo haría ni cuándo levantaría el vuelo y se iría hasta otro rato”.  No había de ser grandioso ni muy duradero, pero sí tenían que decir qué tenía de especial ese “ultimo momento feliz que he vivido”. Y empezaron: fue el contacto piel con piel de una madre con su hija en el sofá de casa; fue la culminación de un atareado proceso que condujo a la boda de su hijo; fue cuando había salido hoy mismo del instituto, después de una intensa semana de trabajo (en su perspectiva de la tarde estaba la reunión que estamos ahora mismo contando); fue que tu abuela te llamó hace poco y te preguntó cómo estabas; fue cuando te abrazaste con fuerza a tu amigo; fue la tensión liberada después de un duro examen de matemáticas (no hay nada que cien años dure, recuérdalo); hablaste durante mucho rato con tu hermana, y eso era insustituible; compraste ropa, que era un momento aplazado y se había cumplido; la sensación de la perspectiva de una semana sin tanto trabajo era muy placentera, un momento de felicidad por anticipado; te hizo mucha ilusión una entrada dedicada a ti en un Blog de alguien que mucho valoras; la sonrisa de tu novio al despedirse ocurrirá más veces, pero ya no será esa misma sonrisa; también, tú, te despediste de él, y lo especial era él mismo.

Platón tuvo la culpa de que el alumno de segundo de bachillerato propusiera como tema la justicia; el consumismo, del consumo; mientras el miedo y la culpabilidad trataban de aliarse repartiéndose la mayoría de los deseos expresados en la votación. Nada que hacer, entre ellos estaba la cuestión. Preguntaréis: ¿cómo es posible que triunfase el miedo después de haber compartido tantos buenos momentos de felicidad? Sencillo: era un miedo sin culpa.

¿Por qué tenemos miedo? Se escudriñó, sin miedo, en el miedo, porque estábamos juntos y dialogábamos. Hubo fino análisis del lenguaje, sí, pero no se quedaron los participantes atrapados por el lenguaje. Si no, no estarían filosofando de veras. Queremos saber para vivir mejor; si no, para qué filosofamos. ¿Puede ser positivo el miedo? ¿Nos manipulan a través del miedo? Analizaron estas dos últimas cuestiones: la primera trata del miedo “de dentro afuera”, la segunda, del miedo infundido “desde fuera” de nosotros que nos afecta dentro. En un caso, la utilidad sería para mi, en el siguiente, sería para otros. ¡No me digáis  que no se mostraban analíticos nuestros participantes! Seguirán siéndolo, ya lo veréis.

Sentimos temor por aquello que nos resulta extraño, que no conocemos –se pone como primera hipótesis de trabajo-. ¿Qué es lo que resulta extraño? Primero: lo desconocido.

-¿Qué temor induce lo desconocido?
-El miedo a lo que es superior.
-¿Qué es superior?
-Por ejemplo, una araña me da miedo.
-¿Qué tiene una araña de superior a ti, si es un insecto tan pequeño?
-Es superior porque sientes “que te puede”. No es el tamaño.
-Entonces, qué te supera. ¿Qué te hace sentirte inferior?
-Me incapacita, no puedo.

Se irrumpe entonces en el diálogo: “lo que es desconocido y te incapacita depende de cada persona”. (¡Para el elefante de la conocida fábula era un simple ratón!). De este hilo debíamos tirar seguidamente, pero quedaba pendiente, como se vio, una segunda explicación de qué es lo que tiene de extraño aquello que nos da miedo. Y era el encuentro mismo con lo extraño.

-¿Qué pasa en el encuentro con lo otro?
-No sabes cómo te irá.
-¿En donde está el temor?
-No sabes cómo reaccionarás tú, cómo reaccionará el otro.
-¿Y qué tiene de malo no saber lo que te espera?
-Que te paraliza.
-No, –dice otra participante-, a mi me agita, me moviliza y estoy más preparada para evitar lo que tenga que evitar.

Ciertamente, lo que parecía inevitable era el tratamiento personal de lo que a cada uno nos resulta extraño, que nos incapacita, nos paraliza o nos moviliza. ¿Por qué a unos de una manera y a otros de otra se les manifiesta el miedo? “Unos somos unas personas más asustadizas que otras”. Se discute esta tesis, pero se admite: poseemos como una lupa personal que nos lleva a enfocar lo mismo como distinto, lo mismo nos asusta más o menos según cada uno. La pregunta estaba cantada: ¿Por qué? Y dos hipótesis entran en dura confrontación: por educación; por la propia personalidad de cada uno. El moderador cuestiona: ambos factores, ¿son compatibles o no? Y, aparentemente, se aviene que sí, habría una especie de interacción. Ambos influyen, en una proporción que varía según el caso personal. Y decimos que “aparentemente”, porque surgió una fuerte discrepancia contra esta solución fácil, a la que quizás el moderador forzó en exceso. (Realmente, esta no es su labor, sino tan sólo propiciar el encuentro de manera que éste no introduzca coacción sino cooperación y satisfacción mutua). Uno de los participantes no quedaba nada satisfecho, ni quedará más adelante. Gracias a él pudimos llegar a una comprensión nueva, más allá de tópicos y palabras que se dicen por inercia, sin pensar bien en lo que se está diciendo. Ante dicha insatisfacción conceptual, que expresaba una inquietud personal, se procede a analizar más finamente de qué “educación” hablamos, que no parecía compatible con lo personal e innato de cada uno.

-¿De qué educación hablamos?
-Tú aprendes el miedo por ti mismo en tus experiencias.
-¿También puedes aprender por el ejemplo o influencia de otros, los que te han rodeado, tus padres, por ejemplo?
-Sí, así es.
-¿Puedes tener modelos a tu alrededor que te llevan a aprender ciertos miedos consciente o inconscientemente?
-Así es.
-Pero, todos aprenderíamos lo mismo de esa misma manera, ¿no es cierto?
-No tiene por qué.

Se propone entonces el término “aprendizaje” (en vez de “educación”) que implicaba, a juicio de los asistentes, un componente personal y otro aprendido, lo aprendido que interactuaba con lo personal y propio de cada uno, dado que el aprendizaje de cada persona es único e intransferible. De esta manera el grupo parecía liberado para abordar la segunda cuestión que dirigía la investigación: ¿Puede ser positivo el miedo? ¿Puede tener algo de bueno que tengamos miedo? Pues sí: “es un mecanismo de autodefensa”, una alerta que te lleva a ser prudente ante los peligros y las amenazas de tu integridad física o emocional. Y, entonces, emergió de nuevo la inquietud que antes había quedado maltrecha, sin plena satisfacción. Pero, ¡para eso estábamos allí! La inquietud es el motor de la indagación, que hasta que no recibe respuesta aceptable, racional pero también emocionalmente, no se calma. No se apacigua y moviliza la discusión sincera y abierta, la que es exigente consigo misma.

-El miedo no es innato.
-¿No hay nada innato en nosotros? –pregunta el moderador.
-Sí, pero el miedo no es innato.
-El caso de los gemelos criados por separado –señala otro de los participantes-, muestra la influencia de lo aprendido: pueden llegar a ser muy diferentes en su personalidad.
-Pero, también se ha demostrado –niega la participante adulta-, el llamado reflejo de Moro en neonatos, quizás recuerdo ancestral de nuestra especie, relacionado con el sueño alerta para no caer de los árboles.

Por consiguiente, ¿puede el miedo tener un componente innato, o no? La duda asalta a los asistentes, de manera que se les oferta confrontar la conclusión a que ya se había llegado con antelación, a saber, la interacción que supone el aprendizaje entre lo propio y lo recibido, en un campo de pruebas algo más neutral: nuestro lenguaje. Que hablemos el español o el inglés, ¿depende sólo de que vivamos en España o en Inglaterra? ¿No existen también unas capacidades comunes a la especie humana que nos permiten aprender cualquier idioma, según dónde y con quiénes nos criemos? Y ahí quedó la cosa.

El inciso que se produjo cuando el grupo pretendía pasar de página para continuar indagando, pues había muchas ganas, fue aprovechado por algunas de las participantes jóvenes para excusar su presencia y, con mucha educación, se despidieron del grupo, no sin antes aclarar que no es que quisieran irse, sino que tenían que irse. Pues bien,  se retomó el hilo anterior al excurso sobre si el miedo era innato o no: ¿Cuánto miedo te lleva a ser prudente? Es decir, ¿qué cantidad e miedo es benigno y positivo? Dos situaciones se contemplan, entre todo el resto de asistentes:

a) “El exceso de miedo te paraliza”. De una manera que te vuelves vulnerable y manipulable: si estás paralizado como una figura, no es difícil que cualquiera pueda trasladarte de sitio y moverte a su antojo como se mueve a un muñeco.
b) “El poco miedo pude volverse peligroso para ti”. Te relajaría tanto que desatenderías tus defensas y la realidad te podría golpear a su antojo.

A partir de ahí, se concluye que tanto de una situación como de la otra iríamos aprendiendo, te enseñaría y tú aprenderías por narices. Del pánico también se aprende. Si no, ¿de dónde habríamos extraído socialmente medidas de seguridad que aplicar ante determinadas contingencias catastróficas? Mirad –dijo el participante adulto-: si tenemos plan de emergencia en nuestro instituto para casos de incendio, no es sino gracias a lo que se ha aprendido de los graves accidentes del pasado, que siempre están al acecho. Y se continúa preguntando: ¿cómo saber que el miedo no es excesivo ni escaso? Y se responde: el punto justo en que te permite aprender;  cuando eres capaz de asustarte de un modo que te lleva a prevenir para la siguiente ocasión. No puede ser tanto que tengas tanto miedo que te trastorne de un modo que sólo permanezca el miedo patológico, obsesivo, improductivo. Si es así, hasta una persona que tenga pánico a volar, puede habituarse gradualmente y soportar un vuelo hasta cierto punto confortable. Para eso está la psicología del conocimiento de uno mismo, ¿no es cierto? Te pueden ayudar también otras personas, pero aprendes tú.

Se concluye, entonces, que el miedo es positivo cuando es constructivo, porque te permite aprender de ti, de manera que puedes conocerte mejor y controlar mejor tu miedo. ¿Qué te parece esta conclusión? Puede que tú, que estás leyendo esta crónica, hayas comprendido, como también lo ha hecho este cronista, que la insistencia de uno de los participantes en que “el miedo se aprende y que no es innato” poseía una base muy sólida. Comenzó sembrándola en una tierra agreste y dura (la de la antítesis que se le enfrentaba), pero logró germinar en el fondo de todos los participantes, pues, casi sin darse cuenta, llegaron a defender al unísono que el miedo es personal, propio de cada uno, pero se aprende, en un aprendizaje que nadie puede sustituir. Ni aprende otro, ni nadie puede aprender por otro que no seamos nosotros mismos. Nadie puede sustituirte en tu propio aprendizaje. Así se cerró el círculo trazado aquella tarde en que nos enfrentamos sin miedo al miedo.


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