Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

domingo, 7 de julio de 2013

UN MOMENTO FILOSÓFICO



     Con ocasión de la lectura del libro Las preguntas de la vida, de Fernando Savater.

El lugar propio de la filosofía practicada es el espacio público. El tiempo filosófico se configura en función de los participantes, pues se da cuando es recreado por ellos mismos cada vez que sucede. Las vistas del atardecer y la complicidad de la cercana noche hicieron el resto. ¿Imaginan ustedes que puedan reunirse un amplio grupo de personas para hablar no de filosofía sino filosóficamente? ¿Y que dichas personas frisaran una edad avanzada en su mayoría y hayan seguido trayectorias vitales tan dispares como la de una maestra jubilada o la de alguien con estudios básicos que se ha dedicado toda su vida a cuidar de su casa, tarea en absoluto insignificante? Y ya decimos, desde este instante, que no era propiamente un “café filosófico”. En la terraza de la última planta de la biblioteca municipal de Castro del Río, la tarde-noche del pasado viernes 6 de julio se realizó todo un trabajo filosófico a raíz de la lectura del libro de Fernando Savater Las preguntas de la vida. Lo habían leído entre todas, capítulo a capítulo, durante los últimos meses y ahora tocaba realizar un balance de lo que se había alcanzado, para ayudar a lo cual fui invitado. No fue necesario mucho esfuerzo, pues eran participantes ya versadas en esto del filosofar, muchas de ellas acostumbradas al diálogo filosófico.

Se discutió del universo, del tiempo humano y del vivir juntos, capítulos que más hondo habían calado. Brotó por sí solo el deseo de profundizar. Seguimos un esquema de trabajo a modo de taller filosófico sui géneris. Profundizando y dialogando entre nosotros mismos y con el autor de los textos. Sin darse cuenta, practicaron la técnica del comentario de textos (seguro que así les gustaría más a mis alumnos, con nocturnidad y alevosía, bajo un foco central que competía con la luz de la luna). Por grupos eligieron un párrafo, que más les había inquietado, que mejor podíamos disfrutar entre todos. Durante cinco minutos. Y otros cinco minutos para pensar juntos el problema principal que abordaba. ¿Y qué tesis defendía el autor sobre dicho problema? ¿Estaría de acuerdo todo el grupo, después, sobre el problema y la doctrina hallados? Y lo más crucial para que la discusión fuese nuestra —personas del siglo veintiuno—, ¿a dónde nos llevaba la respuesta del autor? Se transformaba, de este modo, la tesis en hipótesis de trabajo. ¿Estamos de acuerdo? ¿Nos dice algo valioso a nosotros mismos? ¿A qué territorio nos podía conducir? ¿Cuáles eran sus ventajas, sus inconvenientes, o bien, cuáles eran las dudas que no nos suscitaba, que no eran claramente ni un beneficio ni un perjuicio? (Adaptamos así una parte del método del profesor Manuel Segura, muy recomendable)

Cabalgando sobre este sencillo procedimiento, circulamos practicando el funambulismo en el entorno de la misteriosa posibilidad de un principio antrópico del cosmos (que apunta o se encamina hacia el hombre), siguiendo a Robert Dicke (recogido también por Stephen Hawking en su Breve historia del tiempo): “Puesto que hay observadores en el universo, éste debe poseer las propiedades que permiten la existencia de tales observadores” (p. 130). Y tendríais que haber estado allí, puesto que la reflexión nos llevó hacia la trastienda la búsqueda de la verdad, hacia la posibilidad de entendernos con otras civilizaciones extraterrestres a través de una lógica básica común y hacia otros territorios poco frecuentados en nuestra habitualidad del vivir, a partir del anterior truismo (o verdad obvia y trivial, aparentemente al menos).

Y el tiempo, ¿no es enigmático? No podemos fijarlo en el pensamiento, siempre está en movimiento. Este “ahora” ya no es, cuando me estoy fijando en él. Incluso el pasado y el futuro parecen más manejables. ¡Pero el uno ya no es, y el otro todavía no es! Y sin embargo el real y actualizado presente “lo vemos venir y lo vemos alejarse, pero nunca estar. Y, ¿cómo podemos determinar qué cosa “es” lo que nunca “está” (p. 245). (Ya estáis observando que les va lo metafísico). Y aunque ese “ahora” parece que se nos escapa continuamente entre los dedos, ello no obsta para que lo apreciemos como el único lugar en que estamos viviendo con plenitud. Y si alguno está pensando en los niños o en el animal como privilegiados experimentadores del presente actual, sin las distracciones que a los adultos —forjados por el pasado que hemos sido y que a menudo caemos frustrados en las garras del deseo futuro nunca realizado del todo— nos apartan de saborear lo único que tenemos, el momento presente, que sepáis que podemos saborearlo mejor sin le añadimos la conciencia y la autoconciencia que nos caracterizan como seres humanos.

Y finalizamos el taller ya bien entrada la noche —tanto que apenas nos distinguíamos los rostros pero sí muy bien nuestras voces y sus tonos— con el comentario a un párrafo que acababa con un dicho muy verdadero de Goethe: “saberse amado da más fuerza que saberse fuerte” (p. 214). El amor, de muchos tipos que los hay, y el más genérico de la filía, o amistad —de quienes se eligen mutuamente por la afinidad propia de aquellos que se aportan mucho siendo cada uno tal como es—, se basan en la simpatía, un sentir con el otro sin lo cual no habría relaciones personales verdaderas ni verdaderas sociedades. Sin mi capacidad de ponerme en el lugar del otro, tan humano como yo mismo, solamente encontramos sicopatías sociales o individuales de distinta ralea, que nos conducen a mal vivir y a mal convivir. Porque como acertaba a sugerir Sócrates, todo ser humano busca su bien, pero lo hace a veces a través de caminos tortuosos o dañinos —basados en creencias o juicios limitados— que le alejan de su verdadero bien. Y la principal ignorancia es la de olvidar que el otro es como yo, pues busca, siente y necesita básicamente lo mismo que yo.

Y no penséis que esto fue todo lo que pasó aquella noche, que fue mucho más. En muchas ocasiones se expresó como una sola mente.

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